Habría que preguntar a los niños y a los pájaros a qué saben las cerezas, decía un poeta del siglo XVIII. El sabor de las cerezas es único y como todas las cosas especiales, muy difícil de describir.

Cada año hacia finales de mayo las televisiones de todo el mundo muestran una de los espectáculos de la Naturaleza más bellos del planeta: la floración de los cerezos en Japón. En la misma época, en nuestro país podemos disfrutar de una demostración de esplendor natural a la misma altura, los cerezos en flor del Valle del Jerte. Esta preciosa comarca de Cáceres durante quince días se cubre de flores blancas y ofrece una imagen de una belleza que quita el aliento. La belleza de las flores es como un anuncio de la delicia de sus frutos. El Valle del Jerte no es el único sitio del país donde se cultivan cerezas. Nuestras cerezas de este año son de la Ribera del Ebro, una zona donde se están multiplicando las fincas de pequeños productores ecológicos. Allí tiene su finca nuestra amiga Laura que mima sus frutales desde hace años. El cultivo del cerezo es relativamente sencillo, es un árbol que requiere poco mantenimiento. Una poda al año es suficiente. Prácticamente no necesita riego. Se planta en laderas de manera que el agua de la lluvia y del riego se desliza entre los árboles, evitando que absorban más agua de la necesaria. A menos agua, más intensidad en el sabor en la fruta. Una vez plantado, el cerezo tarda entre 4 y 8 años en dar frutos. Comparado con otros frutales el rendimiento es muy bajo, cada árbol da entre 20 y 70 kilos de cerezas. El tiempo de la cosecha dura solo 45 días al año y es un proceso lento y complicado. Es una fruta muy delicada y se recoge una a una utilizando únicamente los dedos, con mucho cuidado, para no maltratar la rama del árbol. Si se daña, al año siguiente no saldrán frutos en esa rama. Laura realiza este delicado trabajo entre abril y mayo, recogiendo una a una sus cerezas ecológicas. Como el cerezo necesita poca agua, cada día mira al cielo porque una lluvia a destiempo puede arruinar el trabajo de un año. Es un esfuerzo que vale la pena, el premio es disfrutar de estas frutas pequeñas como rubíes que guardan el sabor de la primavera. Una combinación sensual de dulce con un toque ligeramente ácido que nos llena de matices el paladar y a cada uno nos recordará primaveras diferentes. Quien dijo “la felicidad se parece a comer cerezas”, acertó.

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